Lágrimas de alegría

Me cuentan mis padres que Álvaro Fayad se refugiaba cada tanto inesperado en nuestra casa. Cada tanto en ausencia de los dueños de casa, era bien recibido por nuestra nana y dicen que nos leía cuentos a los dos niños hasta que nos quedábamos dormidos. Digo yo que me acuerdo, pero quizás sea así como me acuerdo del nacimiento de mi hermano mayor, historias que me cuentan y yo me apropio, con todo derecho, insisto yo, y con todo irrespeto por el tiempo y su cronología tirana.

 

No tengo queja alguna y sólo motivos de alegría y celebración por una intensa y bella infancia. Fui consentido, querido, inventábamos rutas de bicicleta en nuestro barrio y la ciudad universitaria era nuestro jardín. Observo no más, sin lamentos, que a nuestro alrededor amigos como Álvaro morían, tías se iban al monte a la lucha guerrillera, mi madre lloraba desconsolada los eventos del palacio de justicia.

 

Viviendo una infancia típica y bella bogotana, no se nos podía ocurrir que era posible llorar de alegría. Ese regalo, ese estremecimiento, nos lo dio Luchito Herrera.

 

Mi memoria dice que el narrador era Julio Arrastía Bricca y que la etapa era Alpe-D’Huez. Veo en internet que quizás no. Que la etapa era Saint-Étienne y el narrador Rubén Darío Arcila. Me pregunto si la memoria del internet es mejor que la mía.

 

Ese día estábamos mi hermano, el único, el mayor, de cuyo nacimiento aún me acuerdo –y si, el mismo que se fue a Cartagena en bicicleta– y mi madre en la casita del abuelo en el páramo. Escuchábamos encorvados sobre el radio la etapa heroica de Lucho conquistando el premio de montaña vestido con la camiseta de pepas rojas.

 

Entendimos que nada es más estremecedor que un silencio en la radio. El narrador incumplió su deber, el silencio en la radio está prohibido, era una falla mayor del oficio. Quizás fueron dos o tres segundos ese silencio, pero se nos pareció al infinito. Lucho bajaba después de ganar el premio de montaña, bajaba mal y suicida, que los escarabajos colombianos de eso nunca han sabido, sólo saben subir. Sabíamos todos que la bajada era su talón de Aquiles, que tenía que ganar tiempo subiendo, y lo había hecho, porque bajando lo podían alcanzar.

 

Dos o tres segundos de silencio y el narrador argentino susurra como quien anuncia la muerte: se cayó… Luchito se cayó. Ya estábamos todos llorando, acostumbrados a las desgracias, a estar pegados a la radio para escuchar las noticias de la muerte, llorábamos una vez más nuestras lagrimas de duelo. Se rompe de pronto el luto, en mi memoria Arrastía Bricca grita, grita, grita: se paró, se paró Lucho, se paró Lucho!

 

Cambiaron de temperatura nuestras lágrimas, seguían corriendo, pero eran diferentes. Lágrimas de alegría? De eso no sabíamos nada. Y el narrador: está sangrando! Está sangrando! Ya veríamos al día siguiente las imágenes del rostro de Lucho bañado en sangre, la mirada fija al frente, nada ni nadie le iban a arrebatar ese triunfo. Nada ni nadie.

 

Se hizo legendario, al menos en mi memoria, el grito del narrador cuando Luchito está a punto de cruzar la meta, bañado en sangre su rostro pálido, su obstinación se parece ahora al miedo, un momento de duda, y Arrastía grita: levanta las manos muchachito, levanta las manos! No lo dudes, levanta las manos.

 

Hoy, veo que Nairo Quintana dedica a la paz en Colombia su triunfo en la Vuelta a España. Y el amigo Juan Carlos Joseph, periodista, comparte la foto del titular de El Espectador en 1987. Lucho Herrera gana la Vuelta a España y dice: “Sólo quiero que en Colombia haya paz”.

 

Nos acercamos al plebiscito pues con lágrimas de alegría.

 

Pablo Burgos

Bogotá, septiembre de 2016.

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