Los niños no lloran

En una conversación filmada, el director de cine Fernando Trueba le dice al director técnico de fútbol Pep Guardiola: “la experiencia me ha enseñado que la experiencia no sirve para nada”.

Quizás nuestra memoria tiene limites establecidos, para recordar nuevos recuerdos olvidamos viejos recuerdos o recuerdos que no queremos recordar o que se desdibujan caprichosos. Hay recuerdos que no queremos recordar y se dibujan cada día con más énfasis, como un cincel tallando en la piedra. Quizás el deseo nada logra en la memoria. Quizás el deseo no tiene relación con la memoria.

No será la experiencia, pero el tiempo dibuja terco recuerdos que se convierten en tatuajes por su presencia incansable. Recuerdos que nunca he pensado si deseo o no recordar porque hacen parte de lo que soy como una mano o mis ojos.

Fui amigo de Manuel Kalmanovitz en el colegio. Terminando el bachillerato nuestra amistad se apretó como un nudo. Un nudo hecho de cuerdas múltiples: una bienvenida gozosa y risueña a la misantropía, un altar agnóstico a don Luis Buñuel, libros de Boris Vian en el piso de nuestros cuartos, misoginia protectora, cinismo, descreimiento, algo así como nihilismo en el estomago y, a su manera, banal. Y reíamos. Reíamos mucho y con desespero.

Una noche nos robaron, gafufo yo, flaco él, más que inofensivos los dos, y además feos y sin vanidad, nada teníamos para ser robado. A Manuel le quitaron su chaqueta, después de observarnos sin decidirse los ladrones por la risa o la compasión. A mí me robaron los zapatos. Mi bella tía María Consuelo me había regalado con su primer sueldo unas botas Nike muy de moda. Las estaba estrenando. Era como un pordiosero con un anillo de diamantes. Lo único que mereció que uno de los seis hombres sacará un cuchillo oxidado ante mi duda. Dudé pensando en María Consuelo. ¿Un acto de amor así no merecería de mi parte alguna resistencia? Los ladrones no pudieron más que sonreír con su compañero empuñando el cuchillo. Uno de ellos preguntó, casi paternal, ¿cuál es el problema? No hablé de María Consuelo, claro, dije que podía cortarme los pies con los vidrios que hay en las calles. Se decidió entonces el ladrón por la compasión. Nos sentamos al borde de la acera y cambiamos zapatos. Manuel me dijo que él no se pondría esos zapatos viejos, con pecuecas ancestrales y suburbanas. Yo dije que prefería la pecueca a cortarme los pies. Reímos y reímos casi con furia. Tan fuerte que al llegar a casa, mi madre estaba en la puerta del apartamento en el quinto piso y nos dijo que nos escuchaban desde que cruzamos la calle 45 a una cuadra.

Los sábados grabábamos cassettes en casa del papá de Manuel que tenía una impresionante colección de vinilos de rock. Su padre, Salomón, cocinaba y su novia, Silvia Duzán, reía y se reía de nosotros con ternura y picardía. Tímidos, feos, mal formados, cínicos… éramos un espectáculo para Silvia. Nos caía muy bien Silvia. Tímidos todos, silenciosos, ella tejía los puentes, nos prestaba las palabras, conjuraba nuestros miedos. Con Manuel no hablábamos de ella, ni de nadie. Pero reconocíamos el alivio y la alegría en cada uno cuando Silvia llegaba algunos de esos sábados. Ligero y frágil y cotidiano, no quiero idealizar a nuestros muertos. Aunque, estrictamente, ¿cómo no hacerlo? si todo lo que nos queda después de la muerte es una idea. Pero no había nada importante en esos encuentros. Silvia era una bella presencia en un mundo que se hacía cada minuto más ajeno y hostil para dos adolescentes que miraban cada calle y cada bus y cada rostro urbano como pruebas indudables de que todo estaba perdido, de que algo muy terrible sucedió y el ser humano fue condenado al frío del asfalto, a la mentira, a máscaras y delirios. En el desierto del asfalto, un sonido, una canción de Talking Heads, merecía toda nuestra risa y a la alegría de ese instante nos agarrábamos. Y Silvia nos acogía. Eso era todo. En algún bar, alguna vez, dos o tres veces quizás, un amante de Fito Páez o uno de los rockeros de Hora Local, nos dieron la misma impresión. Un rato en el que el mundo no es ajeno. Es nuestro.

Entonces sucedió. Manuel me llamó, el teléfono estaba en mi cuarto y aún no me decidía a quitar el disco de Charly García del altar agnóstico consagrado a Buñuel. Reía y reía Manuel. ¿Sabe qué pasó? Qué, pero qué. Podía ser cualquier cosa. La risa para nosotros era todo. Mataron a Silvia. ¿Qué? ¿Qué? El mundo entró en nuestras vidas a demostrarnos de la forma más infame y absurda que no era ajeno. No, ajeno no. Nuestro mundo, en él estábamos, a él pertenecíamos y podía entrar a nuestra casa y destruir lo que quisiera. Así era, yo había querido creer, había creído, que los muertos de mi vida no eran los muertos de mi vida sino de la vida de mis padres. A los quince años había sido yo condenado a un mundo que no era mío, en el que la alegría era como oro y la tristeza era propia, el dolor íntimo. El mundo no me pertenecía y no me tocaba, estaba lejos de mi.

Mi vecino y amigo Camilo Castaño y su hermano Iván habían quedado de recogerme para irnos de fiesta a Chía. En aquel entonces los bares de Chía abrían hasta más tarde. Iván era mayor y ya empezaba a trabajar en asuntos de mecánica y carros. Aquella vez andaba en un Renault 4 Safari, que tenía un motor más potente y no tenía puertas. Yo aceptaba el afecto de Camilo sin entenderlo. Él era grandote y fuerte y guapo y mujeriego. Yo era flaco, inofensivo, virgen y raro. Sin embargo me quería y me cuidaba. Cuando me recogieron les dije que teníamos que ir por Manuel, que estaba adolorido. Lo recogimos y se subió al carro riendo. Camilo no entendió la forma de nuestro dolor, que nosotros no entendíamos tampoco, pero la aceptó, como me aceptaba a mi, con rostro de desconcierto y mucho afecto. Entendió que debía cuidarnos.

Fue Manuel quién habló de un nuevo bar en La Candelaria llamado Barbarie. Mucho mejor que ir a Chía. En la puerta había amigos del colegio que nos dejaron entrar sin cédula. Manuel y yo usábamos sombreros y yo me dejaba crecer el pelo. Andrea Echeverri y Héctor Buitrago se presentaron, rock en vivo, con Delia y los aminoácidos. Manuel y yo saltábamos incansables.

Ya me había hablado Manuel de The Cure. Sonó Boys don’t cry y Manuel me gritó, estos son, este es The Cure y gritamos y saltamos.

Quién sabe cuándo les conté este recuerdo a mis hijas. Hoy, por sugerencia de un profesor del colegio, Alicia lee el libro de María Jimena Duzán sobre el asesinato de su hermana. Alicia me pregunta, ¿es ella la de la canción de The Cure?

La memoria y sus juegos.

 

Pablo Burgos, mayo de 2017.

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