Los niños no lloran

En una conversación filmada, el director de cine Fernando Trueba le dice al director técnico de fútbol Pep Guardiola: “la experiencia me ha enseñado que la experiencia no sirve para nada”.

Quizás nuestra memoria tiene limites establecidos, para recordar nuevos recuerdos olvidamos viejos recuerdos o recuerdos que no queremos recordar o que se desdibujan caprichosos. Hay recuerdos que no queremos recordar y se dibujan cada día con más énfasis, como un cincel tallando en la piedra. Quizás el deseo nada logra en la memoria. Quizás el deseo no tiene relación con la memoria.

No será la experiencia, pero el tiempo dibuja terco recuerdos que se convierten en tatuajes por su presencia incansable. Recuerdos que nunca he pensado si deseo o no recordar porque hacen parte de lo que soy como una mano o mis ojos.

Fui amigo de Manuel Kalmanovitz en el colegio. Terminando el bachillerato nuestra amistad se apretó como un nudo. Un nudo hecho de cuerdas múltiples: una bienvenida gozosa y risueña a la misantropía, un altar agnóstico a don Luis Buñuel, libros de Boris Vian en el piso de nuestros cuartos, misoginia protectora, cinismo, descreimiento, algo así como nihilismo en el estomago y, a su manera, banal. Y reíamos. Reíamos mucho y con desespero.

Una noche nos robaron, gafufo yo, flaco él, más que inofensivos los dos, y además feos y sin vanidad, nada teníamos para ser robado. A Manuel le quitaron su chaqueta, después de observarnos sin decidirse los ladrones por la risa o la compasión. A mí me robaron los zapatos. Mi bella tía María Consuelo me había regalado con su primer sueldo unas botas Nike muy de moda. Las estaba estrenando. Era como un pordiosero con un anillo de diamantes. Lo único que mereció que uno de los seis hombres sacará un cuchillo oxidado ante mi duda. Dudé pensando en María Consuelo. ¿Un acto de amor así no merecería de mi parte alguna resistencia? Los ladrones no pudieron más que sonreír con su compañero empuñando el cuchillo. Uno de ellos preguntó, casi paternal, ¿cuál es el problema? No hablé de María Consuelo, claro, dije que podía cortarme los pies con los vidrios que hay en las calles. Se decidió entonces el ladrón por la compasión. Nos sentamos al borde de la acera y cambiamos zapatos. Manuel me dijo que él no se pondría esos zapatos viejos, con pecuecas ancestrales y suburbanas. Yo dije que prefería la pecueca a cortarme los pies. Reímos y reímos casi con furia. Tan fuerte que al llegar a casa, mi madre estaba en la puerta del apartamento en el quinto piso y nos dijo que nos escuchaban desde que cruzamos la calle 45 a una cuadra.

Los sábados grabábamos cassettes en casa del papá de Manuel que tenía una impresionante colección de vinilos de rock. Su padre, Salomón, cocinaba y su novia, Silvia Duzán, reía y se reía de nosotros con ternura y picardía. Tímidos, feos, mal formados, cínicos… éramos un espectáculo para Silvia. Nos caía muy bien Silvia. Tímidos todos, silenciosos, ella tejía los puentes, nos prestaba las palabras, conjuraba nuestros miedos. Con Manuel no hablábamos de ella, ni de nadie. Pero reconocíamos el alivio y la alegría en cada uno cuando Silvia llegaba algunos de esos sábados. Ligero y frágil y cotidiano, no quiero idealizar a nuestros muertos. Aunque, estrictamente, ¿cómo no hacerlo? si todo lo que nos queda después de la muerte es una idea. Pero no había nada importante en esos encuentros. Silvia era una bella presencia en un mundo que se hacía cada minuto más ajeno y hostil para dos adolescentes que miraban cada calle y cada bus y cada rostro urbano como pruebas indudables de que todo estaba perdido, de que algo muy terrible sucedió y el ser humano fue condenado al frío del asfalto, a la mentira, a máscaras y delirios. En el desierto del asfalto, un sonido, una canción de Talking Heads, merecía toda nuestra risa y a la alegría de ese instante nos agarrábamos. Y Silvia nos acogía. Eso era todo. En algún bar, alguna vez, dos o tres veces quizás, un amante de Fito Páez o uno de los rockeros de Hora Local, nos dieron la misma impresión. Un rato en el que el mundo no es ajeno. Es nuestro.

Entonces sucedió. Manuel me llamó, el teléfono estaba en mi cuarto y aún no me decidía a quitar el disco de Charly García del altar agnóstico consagrado a Buñuel. Reía y reía Manuel. ¿Sabe qué pasó? Qué, pero qué. Podía ser cualquier cosa. La risa para nosotros era todo. Mataron a Silvia. ¿Qué? ¿Qué? El mundo entró en nuestras vidas a demostrarnos de la forma más infame y absurda que no era ajeno. No, ajeno no. Nuestro mundo, en él estábamos, a él pertenecíamos y podía entrar a nuestra casa y destruir lo que quisiera. Así era, yo había querido creer, había creído, que los muertos de mi vida no eran los muertos de mi vida sino de la vida de mis padres. A los quince años había sido yo condenado a un mundo que no era mío, en el que la alegría era como oro y la tristeza era propia, el dolor íntimo. El mundo no me pertenecía y no me tocaba, estaba lejos de mi.

Mi vecino y amigo Camilo Castaño y su hermano Iván habían quedado de recogerme para irnos de fiesta a Chía. En aquel entonces los bares de Chía abrían hasta más tarde. Iván era mayor y ya empezaba a trabajar en asuntos de mecánica y carros. Aquella vez andaba en un Renault 4 Safari, que tenía un motor más potente y no tenía puertas. Yo aceptaba el afecto de Camilo sin entenderlo. Él era grandote y fuerte y guapo y mujeriego. Yo era flaco, inofensivo, virgen y raro. Sin embargo me quería y me cuidaba. Cuando me recogieron les dije que teníamos que ir por Manuel, que estaba adolorido. Lo recogimos y se subió al carro riendo. Camilo no entendió la forma de nuestro dolor, que nosotros no entendíamos tampoco, pero la aceptó, como me aceptaba a mi, con rostro de desconcierto y mucho afecto. Entendió que debía cuidarnos.

Fue Manuel quién habló de un nuevo bar en La Candelaria llamado Barbarie. Mucho mejor que ir a Chía. En la puerta había amigos del colegio que nos dejaron entrar sin cédula. Manuel y yo usábamos sombreros y yo me dejaba crecer el pelo. Andrea Echeverri y Héctor Buitrago se presentaron, rock en vivo, con Delia y los aminoácidos. Manuel y yo saltábamos incansables.

Ya me había hablado Manuel de The Cure. Sonó Boys don’t cry y Manuel me gritó, estos son, este es The Cure y gritamos y saltamos.

Quién sabe cuándo les conté este recuerdo a mis hijas. Hoy, por sugerencia de un profesor del colegio, Alicia lee el libro de María Jimena Duzán sobre el asesinato de su hermana. Alicia me pregunta, ¿es ella la de la canción de The Cure?

La memoria y sus juegos.

 

Pablo Burgos, mayo de 2017.

La memoria de los ornitólogos

(texto leído en el evento de lanzamiento del informe “Tierras y conflictos rurales” del Centro Nacional de Memoria Histórica)

Este ha sido un trabajo largo, al que ha correspondido un largo lanzamiento. Para terminar quisiera leer una breve reflexión, son sólo cuatro cortos párrafos, sobre la importancia que tuvo para este equipo de investigación la presencia de las cámaras de video y de fotografía como testigos, testigos parlantes en realidad, durante todas las etapas del proyecto.

 

Todos sabemos que cuando los hermanos Lumière proyectaron su película “La llegada de un tren a la estación” en el Gran Café en 1895, en verdad ningún tren llegó en ese momento ni a la estación ni al café, ni arrolló a ningún espectador. El cine, el documental, es una metáfora. Si nos va bien a los realizadores, incluso un tipo que se ha puesto los calzoncillos encima de la piyama y sale volando con su cobijita amarrada al cuello por encima de los rascacielos de Metrópolis, es verosímil. Si nos va mal, no importa cuánto juremos que la imagen es real, nadie cree nada.

 

Siendo este mi oficio, quisiera jugar con dos metáforas. El Centro Nacional de Memoria Histórica se ha cuidado mucho que no suceda con sus informes lo que le sucede a un experto en pájaros que conocimos. Caminando por el bosque, el experto reconoce la presencia de distintas especies de pájaros gracias a su canto. Lo invisible se vuelve visible, cantando y gracias a la memoria y a la pericia del ornitólogo. Nada más bello que imaginar el álbum de familia, la memoria, de un ornitólogo. Sin embargo, cuando visitamos su laboratorio, este ornitólogo en particular, el que yo recuerdo, no tuvo problema en mostrarnos cientos de pájaros muertos olorosos a formol, clasificados con alfileres en largos y macabros cajones. El canto y la memoria muertos.

 

Para los investigadores con quienes he trabajado en Memoria Histórica, hoy hablamos de la profesora Rocío Londoño, los testimonios de quienes conocimos y confiaron en nosotros, confiaron que contaríamos su historia, esos testimonios, aún si hablan del dolor, son como el canto de los pájaros y deben estar vivos en el informe. Estas voces deben escucharse como se escucha el canto de los pájaros en el bosque. Ese ha sido el reto de los investigadores – escritores, que escriben los informes.

 

La segunda metáfora con la que quiero jugar, es la de los rostros y los territorios. Así como bella debe ser la memoria de un ornitólogo, así de elocuente es el rostro del ser humano. En su mirada y sus gestos está su historia. Cuando un hombre o una mujer nos piden que miremos un paisaje, después de tomar la foto, miramos otra vez su rostro y vemos el paisaje en su rostro. Y cuando miramos, ya en casa de vuelta, la foto del paisaje, recordamos el rostro. En la tierra labrada, en los caminos, en los árboles sembrados, está la imagen de la historia del ser humano. Estas imágenes, como el canto de los pájaros para el ornitólogo, son el tesoro de los investigadores, son su memoria. Compartir esta memoria, pedirle a camarógrafos y fotógrafos que acompañen su mirada y publiquen su memoria, ha sido una prioridad en este trabajo. Si nos va bien, quizás vean en las imágenes la mirada del investigador.

 

Pablo Burgos, noviembre 2016.

 

Para ver los videos visite: https://www.youtube.com/playlist?list=PLAaTPARKqv4VSYkYcr8hT3UN8ERr6zqQg

Para descargar en pdf el informe visite: http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/informes/informes-2016/tierras-y-conflictos-rurales

Lágrimas de alegría

Me cuentan mis padres que Álvaro Fayad se refugiaba cada tanto inesperado en nuestra casa. Cada tanto en ausencia de los dueños de casa, era bien recibido por nuestra nana y dicen que nos leía cuentos a los dos niños hasta que nos quedábamos dormidos. Digo yo que me acuerdo, pero quizás sea así como me acuerdo del nacimiento de mi hermano mayor, historias que me cuentan y yo me apropio, con todo derecho, insisto yo, y con todo irrespeto por el tiempo y su cronología tirana.

 

No tengo queja alguna y sólo motivos de alegría y celebración por una intensa y bella infancia. Fui consentido, querido, inventábamos rutas de bicicleta en nuestro barrio y la ciudad universitaria era nuestro jardín. Observo no más, sin lamentos, que a nuestro alrededor amigos como Álvaro morían, tías se iban al monte a la lucha guerrillera, mi madre lloraba desconsolada los eventos del palacio de justicia.

 

Viviendo una infancia típica y bella bogotana, no se nos podía ocurrir que era posible llorar de alegría. Ese regalo, ese estremecimiento, nos lo dio Luchito Herrera.

 

Mi memoria dice que el narrador era Julio Arrastía Bricca y que la etapa era Alpe-D’Huez. Veo en internet que quizás no. Que la etapa era Saint-Étienne y el narrador Rubén Darío Arcila. Me pregunto si la memoria del internet es mejor que la mía.

 

Ese día estábamos mi hermano, el único, el mayor, de cuyo nacimiento aún me acuerdo –y si, el mismo que se fue a Cartagena en bicicleta– y mi madre en la casita del abuelo en el páramo. Escuchábamos encorvados sobre el radio la etapa heroica de Lucho conquistando el premio de montaña vestido con la camiseta de pepas rojas.

 

Entendimos que nada es más estremecedor que un silencio en la radio. El narrador incumplió su deber, el silencio en la radio está prohibido, era una falla mayor del oficio. Quizás fueron dos o tres segundos ese silencio, pero se nos pareció al infinito. Lucho bajaba después de ganar el premio de montaña, bajaba mal y suicida, que los escarabajos colombianos de eso nunca han sabido, sólo saben subir. Sabíamos todos que la bajada era su talón de Aquiles, que tenía que ganar tiempo subiendo, y lo había hecho, porque bajando lo podían alcanzar.

 

Dos o tres segundos de silencio y el narrador argentino susurra como quien anuncia la muerte: se cayó… Luchito se cayó. Ya estábamos todos llorando, acostumbrados a las desgracias, a estar pegados a la radio para escuchar las noticias de la muerte, llorábamos una vez más nuestras lagrimas de duelo. Se rompe de pronto el luto, en mi memoria Arrastía Bricca grita, grita, grita: se paró, se paró Lucho, se paró Lucho!

 

Cambiaron de temperatura nuestras lágrimas, seguían corriendo, pero eran diferentes. Lágrimas de alegría? De eso no sabíamos nada. Y el narrador: está sangrando! Está sangrando! Ya veríamos al día siguiente las imágenes del rostro de Lucho bañado en sangre, la mirada fija al frente, nada ni nadie le iban a arrebatar ese triunfo. Nada ni nadie.

 

Se hizo legendario, al menos en mi memoria, el grito del narrador cuando Luchito está a punto de cruzar la meta, bañado en sangre su rostro pálido, su obstinación se parece ahora al miedo, un momento de duda, y Arrastía grita: levanta las manos muchachito, levanta las manos! No lo dudes, levanta las manos.

 

Hoy, veo que Nairo Quintana dedica a la paz en Colombia su triunfo en la Vuelta a España. Y el amigo Juan Carlos Joseph, periodista, comparte la foto del titular de El Espectador en 1987. Lucho Herrera gana la Vuelta a España y dice: “Sólo quiero que en Colombia haya paz”.

 

Nos acercamos al plebiscito pues con lágrimas de alegría.

 

Pablo Burgos

Bogotá, septiembre de 2016.

De operarios y elefantes

Parece que quienes hacemos documentales no podemos dejar de pensar en los hermanos Lumière y sus películas. A pesar de los supuestos avances de la técnica, cuando los documentalistas hacemos funcionar nuestras cámaras, nos parece que hacemos lo mismo que los Lumière, y nos parece que lo mismo hemos hecho todos quienes “hacemos funcionar cámaras”, es decir operadores, durante ciento veinte años.

 

En palabras de Jean Renoir, hablando sobre los Lumière, “una imagen es una impresión de época” y añade: una imagen es una impresión única de la historia. Sólo el lenguaje de las imágenes muestra el tiempo.

 

Los Lumière hicieron miles de películas de 47 segundos. Operaban sus cámaras en lugares diversos, cruces de caminos, puentes, miraban la torre Eiffel desde un bote que navegaba el Sena; entrenaron operadores que fueron enviados a las pirámides, de Egipto, a Moscú, lejos al Oriente, al norte de África. Los nombres de algunos de los operadores viajeros han sido rescatados recientemente gracias a su creatividad. La mayoría de los nombres se han perdido sin embargo, así como la gran mayoría de las películas hechas por y para los Lumière.

 

No son muchas las decisiones que debemos tomar quienes operamos las cámaras. La luz del día es un límite natural. A medianoche no vemos casi nada, así que es mejor trabajar de día. Debemos encuadrar. Como casi siempre perseguimos lo que se mueve, esta decisión también es fácil tomarla con cierta naturalidad. 47 segundos era el límite de tiempo en aquel entonces. Hoy es menos, o eso dicen los expertos en redes y comunicación. En la última reunión que tuve con los expertos de la comunicación social me dijeron que mis videos deberían durar todos 30 segundos, invocando a youtube el todopoderoso, donde yo personalmente he visto las largas conversaciones, dos horas y más, de Renoir con Langlois sobre los Lumière. Yo rogué por 47 segundos, en nombre de la tradición.

 

Qué más decisiones debemos tomar los operadores de cámara? Ubicar el trípode en un bote, o en un vagón de tren, o, en nuestros tiempos en los que el peso de la cámara lo permite, hacerla funcionar mientras camino, o desde la mula que me lleva a brincos.

 

Otros somos también montajistas. Para el gran Eisenstein, el momento del montaje era para el cine el momento del arte. El momento en el que un oficio de operarios se volvía un arte. Pero esto será tema de otras polémicas.

 

Ahora pienso más en las palabras del actor italiano Vittorio Gassman, grande como él no ha habido en el mundo de la interpretación. Recordaba Gassman como una vez, siendo adolescente, miraba al vacío sin pensar en nada. Su mamá lo vio y le preguntó ¿en qué piensas? Como en verdad no estaba pensando en nada, él le dijo: en nada. Su madre le dijo entonces estas proféticas palabras: ah… serás un buen actor entonces. El mismo Gassman cuenta esta historia orgulloso para señalar que los interpretes no deben pensar mucho… o nada.

 

Me gusta pensar en el operador de cámara como un interprete entrenado por los Lumière. Alguien más dice dónde y cuándo debo estar. Estar simplemente… listo eso sí, para operar la cámara. Lo demás es natural: ha de ser de día, algo debe moverse, no más de 30 segundos… y que ojalá lo que se mueva esté en el encuadre.

 

Todo esto puede parecer de una excesiva humildad, pero creo en verdad que desde que aparecen dinosaurios en las películas, pocos oficios son tan sobrevalorados como el nuestro. Dinosaurios hay en las películas, como elefantes hay en el circo de la esquina. Los Lumière trabajaban en las ferias de atracciones y fue de ahí de donde sacaron al cinematógrafo porque sus historias de 47 segundos pertenecen a otro ámbito. Pertenecen al tiempo, es decir, a la historia, son lecturas precisas de una época.

 

Hay escritores que han escrito también muy precisas imágenes de sus épocas. Nuestro talento es infinitamente menor que el de un escritor… es por eso que nuestra herramienta cuesta mucho más que un lápiz. Para compensar nuestra natural falta de talento, nos compramos cámaras costosas.

 

Pero qué es lo que interpretamos nosotros los operadores, muertos y lejos en el espacio los Lumière? En mi caso, son los investigadores quienes me dicen dónde y cuándo debo estar listo para hacer funcionar la cámara. Nosotros mismos nos sorprendemos al ver nuestras propias imágenes después de hacerlas. Somos como Gasssman cuando Gassman era adolescente (claro, nadie, mucho menos nosotros, se parece a Gassman de grande, de actor). No pensamos en nada.

 

Para no terminar esta breve reflexión excediéndome en humildad, es decir para que no me odien los documentalistas, debo decir que es verdad también que cuando logramos olvidarnos del circo, y operamos lúcidos y limpios la cámara, las imágenes que logramos son de inmenso pero de inmenso valor. Son, como decía Renoir, precisas impresiones de un tiempo. Puede alguien imaginarse una impresión más valiosa sobre una época y su geografía que la que logra el cinematógrafo y sus herederos?

 

El elefante en el circo no es un elefante. Es como una ballena orca en una pecera. El significado de una imagen está dado por un complejo sistema de relaciones, la inmensidad del mar está en el significado de la ballena orca, como el árbol en el pájaro. Cuando es el operador de cámara el que viaja al territorio del elefante, podemos saber que el elefante es elefante y su territorio es lo que vemos, movido porque el operario empezó a trabajar desde la mula, angustiado el territorio porque en la imagen vemos como en un espejo la angustia del operador, triste su mirada como triste es la escuela abandonada. El operador es un interprete de las potencias históricas de las imágenes que suceden frente a su cámara. En el lugar y tiempo, eso sí, que le han indicado los Lumière y sus herederos, los investigadores.

 

Los investigadores que trabajan porque las películas salgan de los circos y las ferias de atracciones y se queden en el lugar que les es apropiado, allí donde los espectadores no buscan tigres de grandes colmillos con un domador entre sus fauces, sino que leen las narraciones de los operadores como quien lee las imágenes que el tiempo otorga. Es quizás al ser leídas que las imágenes del tiempo se convierten en historia.

 

Pablo Burgos

Bogotá, mayo de 2015

Tensiones entre la tradición y la propia voz (Una reflexión sobre el encuentro con el director de cine Abbas Kiarostami)

Cuando aprendemos un oficio nos inscribimos en una tradición. La tradición enseña una forma probada de hacer las cosas. En el caso del cine, se aprende un lenguaje, una forma de narrar, una forma de producir. Para algunos, y es mi caso, esta tradición plantea una tensión. Se inscribe uno en una tradición que se  desprecia y se aprende una manera de hacer las cosas que es incómoda por ajena y por impuesta.

El desprecio no es en este caso contrario a la admiración. Es decir, la pasión por algunas de las expresiones de la tradición es inmensa. Lo que se desprecia es la imposición. Lo que admiro inmensamente en un director de cine de determinada tradición no podría admirarlo en mí, aun si fuese capaz de imitarlo a la perfección. Así pudiese imitar a la perfección la manera de hacer una película de, digamos, Carlos Reygadas (naturalmente no sería capaz), no sería más que una imitación. Lo que es admirable en Reygadas, sería despreciable en mí. Lo más admirable en Reygadas es justamente haber fundado una tradición. Para fundar una tradición es indispensable forjar una voz propia.

Esta es entonces la tensión natural de cualquier oficio creativo. Me inscribo en una tradición que admiro por la voz propia y única de su creador, buscando la forma más eficaz de deshacerme de ella para poder encontrar mi propia voz. Aprendo un oficio y, después de aprendido, me esfuerzo cada día en olvidarlo. Es necesario despreciar lo que más admiro.

Podría entonces pensarse que lo mejor en este caso es mantenerse al margen de la tradición, prudentemente alejado de la academia, y estratégicamente lejos de los maestros. Pero esta forma de pensar es un error. La voz propia se construye en la tensión con la tradición y los maestros.

Hay algo de suicida en este quehacer. La gran mayoría de los aprendices pierden su propia voz en el enfrentamiento con la tradición y los maestros. Muchos de los cineastas reconocidos como exitosos están en verdad muertos porque no son nada más que imitadores. Uno puede enternecerse y gozar de sus películas (con crispetas y gaseosa) como se enternece y goza uno viendo a los hijos jugar a ser bomberos… o cineastas. Pero sus películas son en realidad ejercicios de ventriloquia, la voz que vemos no corresponde a su creador. La voz que le corresponde pertenece a un muerto.

Buscamos entonces aquellos maestros que no imitan a nada ni a nadie. Buscamos los creadores que forjaron su propia voz. Pero nuestra búsqueda no va tras su voz –debo despreciar la tradición que admiro para no morir–. Mi pregunta al maestro es cómo hizo para encontrar su propia voz.

En el taller “Filmando en Colombia con Abbas Kiarostami”, el director iraní nos contó sobre uno de sus cortometrajes llamado “Huevos de la gaviota”. En la película el mar se roba uno por uno los huevos de una gaviota en un nido. Todo parece indicar que se trata de una escena real, documental, que Kiarostami se encuentra por casualidad y filma. Lo que nos cuenta el director es que los huevos no son de gaviota, nunca vio un nido semejante, se demoró diez días logrando la puesta en escena y la banda sonora, gritos de gaviota que uno interpreta como “angustiosos”, fueron grabados en cualquier otro lado.

A partir de esta anécdota, pensé que el trabajo que podía hacer en este taller, el que correspondía a este ejercicio de tensión con la tradición a la que acababa de inscribirme, siendo yo además documentalista, era un falso documental. Al maestro Kiarostami le gustó la idea, el tema, y el actor que después escogí. Sin embargo, después de ver terminada mi versión, me pidió volverlo a hacer de una forma completamente distinta. Es decir, él hubiese hecho algo con ese tema y ese actor, pero de otra manera. Me propuso que dejara un solo plano fijo de un lugar con mucha gente y la voz de mi actor en off. Que solo mostrara al actor una vez, un plano al comienzo en el que el actor pide que no muestre su rostro. Es decir, mostrar el rostro del actor en un plano en el que el actor dice que no muestre su rostro. A partir de ahí, solo su voz en off.

Fui terco y entregué para la proyección final mi versión del corto. La que propuso el maestro ni siquiera la hice.

Hablando con otros compañeros me fui enterando que lo mismo pasó con muchos. Una era la propuesta del aprendiz, otra, muy diferente, la del maestro. Con el mismo material y con la misma idea, el maestro hubiese hecho el corto de otra manera. Parece que Kiarostami lleva a la acción la tensión entre la tradición que él significa y la búsqueda de una voz propia de los aprendices. Gran maestro Kiarostami, porque el primero en hablar es el aprendiz. Así la voz del aprendiz está a salvo, no puede perderse.

¿Qué sentido tuvo entonces mi obstinación? Me acerco al maestro para escucharlo y luego hacer las cosas a mi manera. Nadie me hizo callar, fui el primero en hablar, pero yo sí callé al maestro, silencié su voz, la voz de la tradición a la que voluntariamente me inscribí. Silencié su voz dentro de mí. Quizás de alguna manera anulé la tensión.

A todas luces me equivoqué.

Por otro lado… hay tanto de obstinación en este oficio.

 

Pablo Burgos, marzo de 2014

 

Para ver el cortometraje “Campana”, filmado en el taller con Abbas Kiarostami en Colombia, visite la sección Fábrica de Oficina de correos tv: Campana

De la tía Martha, el teatro y la memoria

Vea la entrevista a Martha Sánchez en Oficina de correos tv

 

El historiador Gonzalo Sánchez escribe un artículo estremecedor llamado “Tiempos de memoria, tiempos de víctimas” en el que entrelaza reflexiones sobre las obras y los testimonios de Primo Levi, Jean Améry y Jorge Semprún. También aparece en segundo plano la voz de Bruno Bettelheim, quien define la “solución final” de los tiempos tristes del nacional socialismo en Alemania como el conjunto de “cosas terribles que unas personas corrientes hicieron a otras personas corrientes”.

 

Para Bettelheim no hay monstruos; en un evento terrible un ser humano es bautizado como víctima y otro ser humano como victimario. Esta marca indeleble no ha de ser un estigma. Ser víctima no es una condición de existencia. Es una marca que puede quedar oculta si las condiciones lo permiten. Se discute también si puede ocultarse la marca del victimario, es decir, si puede haber perdón y olvido. Muchos pensamos que haya perdón pero no olvido. Sin embargo, quizás sea el olvido un derecho de la víctima.

 

Este evento terrible fue protagonizado por dos actores antagónicos, víctima y victimario, o víctimas y victimarios. Pero, sobre todo, y debe subrayarse, fue protagonizado por la sociedad en la que este evento terrible sucede. La sociedad puede optar por la acción o por el silencio. Para Primo Levi el silencio hizo responsables, bautizó como victimarios a toda la sociedad alemana. Todos los alemanes de la generación de la segunda guerra mundial sabían lo que sucedía en los campos de concentración. No todos, de hecho fueron pocos, participaron directa y activamente en la infamia. Pero gracias al silencio todos son victimarios desde el punto de vista histórico, al menos desde el punto de vista histórico de Primo Levi.

 

El artículo de Gonzalo Sánchez, publicado en el 2008, es pertinente, muy pertinente, por eso lo escribe, para la historia colombiana, para el presente colombiano, en el que queremos hacer memoria cuando ni siquiera han terminado de suceder los eventos trágicos que ya pretenden olvidarse. Intentamos hacer memoria para oponernos al olvido cuando no ha llegado siquiera el tiempo del olvido porque los eventos son presentes. El presente no puede olvidarse, por mucho que se quiera.

 

La pregunta que nos atormenta, que me atormenta, es obvia: en el silencio, ¿soy yo víctima o victimario? Nosotros, ciudadanos de la ciudad, ¿somos víctimas o victimarios? Si aceptamos como verdadera la culpa de la nación alemana por los eventos de los campos de concentración, ha de ser entonces cierto que quienes no hemos hecho nada ni pronunciado palabra en respuesta a la violencia paramilitar y guerrillera y de Estado contra campesinos y pobladores rurales en Colombia, durante al menos los últimos treinta años, somos, hemos de ser, victimarios. Deberíamos aceptar nuestra condición de verdugos. Cosas terribles han sido hechas por personas corrientes a otras personas corrientes en Colombia durante al menos treinta años.

 

Dice Primo Levi, citado por Gonzalo Sánchez, “quizás no deba comprender todo lo que sucedió, porque comprender casi es justificar”. Y prende Gonzalo Sánchez la alarma: comprender al asesino no puede llevar a justificarlo.

 

No; no puedo ser yo un verdugo. En Colombia han sido asesinados muchos que han querido alzar la voz, romper el silencio. No podemos confundirnos. Las guerrillas campesinas de los años cincuenta y sesenta, la guerrilla urbana de los años setenta no puede estar en la misma condición de la violencia paramilitar y de Estado, y también guerrillera, posterior a los años ochenta. Varias generaciones hemos crecido en medio de lutos y dolores por amigos y parientes asesinados o desaparecidos. Como dijo una profesora de El Placer, Putumayo, en un evento en Bogotá: “el silencio se nos volvió una forma de sobrevivencia”.

 

En mi tía Martha, encuentro respuestas. Nuestras vidas se forjan en la niñez; la vida de la infancia es el espejo y son las coordenadas existenciales de cada ser humano. Álvaro Fayad, comandante del movimiento guerrillero M19, nos visitaba siendo casi bebés; yo no lo recuerdo, me lo cuentan, y nos leía historias mientras nos quedábamos dormidos mi hermano y yo. De niño, tenía quizás siete años, yo gritaba en las fiestas de mis padres: “¡Que viva el M19!”. Un día encontré en mi mesita de noche un regalo: una capuchita hecha en madera —yo le decía fantasmita— que en la parte de atrás tenía las firmas de los dirigentes del grupo guerrillero M19, Movimiento 19 de Abril. Fue mi talismán durante algunos años, hasta que se perdió. Cuando tuve ocho años mi tía Martha se mudó a vivir con nosotros. Estaba siempre en casa y nos ayudaba con las tareas, con los juegos, nos contaba historias y jugábamos juegos de mesa. Habrá sido quizás un año el tiempo que convivimos con ella, y como era alta y valiente nosotros la apodamos Lucky Luke.

 

Cuando los eventos del Palacio de Justicia, llegamos del colegio, debía ser un miércoles, que era el día que salíamos a las doce, y encontramos a mi madre escuchando noticias en radio a todo volumen, encorvada sobre el parlante, con el rostro cubierto por las manos. Recuerdo que nos miramos con mi hermano sorprendidos de que la realidad nacional afectara tanto a Dorita.

 

Después, siendo adolescente, me hice muy amigo de Margot Pizarro. Nuestra amistad era tan entrañable que cuando asesinaron a su hermano Carlos, mi padre, que trabajaba en una entidad pública y se enteró pronto de la noticia, me llamó a pedirme que fuese yo quien le diera la noticia a Margot. Yo me quedé congelado por el desconcierto. Sin haberme todavía atrevido a llamar, pasaron largos minutos, encendí el televisor para ver si ya había noticias, y la vi entrando con el rostro descompuesto a la clínica donde tenían a su hermano. Creo que fue la última vez que la vi.

 

Ya grande, adulto, entendí que mi fantasmita no se había perdido, sino que mi madre lo había botado de noche, en el cemento fresco de una construcción cercana, atemorizada por los rumores de un allanamiento. La tía que vivió con nosotros por un año y estaba siempre, siempre, en casa, se estaba escondiendo. Mi madre se tapaba el rostro de la angustia cuando los eventos del Palacio de Justicia porque pensaba que otra de sus hermanas hacía parte de la toma guerrillera.

 

Converso hoy con mi tía Martha, que es actriz de profesión, y me explica que ser guerrillera fue un papel importante en su vida, su decisión de luchar contra el silencio que permite la infamia. ¿Cómo podía estar uno callado en una sociedad tan desigual? Cuando ella se hizo guerrillera, con el M19, esta era una sociedad que ya cumplía otros treinta años de violencia. Así es en Colombia: la violencia de los últimos treinta años, la que tuvo paramilitares, y la violencia de los treinta años anteriores, La Violencia. Y así podríamos seguir de treinta en treinta, de veinte en veinte, de diez en diez.

 

La historia mía no tiene nada de excepcional, es la historia de cualquier colombiano de mi generación. Compartimos jardín infantil con el hijo de Jesús Bejarano. En el colegio donde hice primaria fui amigo de la hija de Jaime Bateman Cayón. En el colegio público de donde me gradué, estudiaba el hijo de Jaime Pardo Leal. Gracias a mi amistad con Manuel Kalmanovitz, gocé de la risa de Silvia Duzán y sufrí el desconcierto de su muerte. La gran mayoría de nosotros colombianos ha velado amigos y llorado familiares. Nada hace de nosotros, nada puede hacer de nosotros, verdugos, a pesar del silencio.

 

El silencio se parece al olvido. Nos hemos visto obligados a entender en el silencio una forma de sobrevivencia. Pero no debemos confundirnos, el silencio no puede ser el olvido. La culpa colectiva que para Primo Levi se expresó en el silencio de una nación, no es equiparable al silencio de la sociedad colombiana. Sería equiparable, sí, al olvido.

 

Hoy me dice mi tia Martha: no debimos haber sido espejo de nuestros enemigos, utilizar sus mismas armas. Ahora entendemos que con las armas nos volvíamos lo mismo que queríamos combatir. Desde el teatro, hoy firme todavía, la pelea de mi tía es contra el olvido. Esa es nuestra pelea, mi pelea, y de ese lado estoy. Escribo estas reflexiones para que no nos queden dudas. No hace falta que comprendamos al asesino, no importa cuánto podamos parecernos en nuestra condición de personas corrientes. No hace falta comprender tanto y así no corremos el riesgo de justificar lo inaceptable. Somos personas corrientes que hemos sufrido cosas terribles hechas por otras personas corrientes a quienes no quiero comprender, a quienes no debo comprender.

 

Pablo Burgos, mayo de 2013.

Mi primer bullerengue

Vea el documental “Bulla y silencio” sobre el bullerengue en Colombia en Oficina de correos tv.

Vea la entrevista al percusionista Urián Sarmiento en Oficina de correos tv.

Vea la entrevista al escritor de canciones Leonardo Gómez Jattin en Oficina de correos tv.

 

 

Conocí la felicidad, la felicidad de verdad, pude mirar sus ojos, sentir su presencia robusta, inconfundible. La conocí cuando era niño y cursaba primaria en un colegio que un prestigioso sociólogo apodó “el refusmatorio”. El día que salíamos de vacaciones mi felicidad era más verdad que la tierra misma.

 

En aquellos tiempos la cantaora Toto la Momposina se quedaba en nuestro apartamento cuando venía a Bogotá. La historia de la cantaora y de mi tío médico es otra historia. Acá se trata de mencionar mi desconcierto cuando llegaba la cantaora y sus tambores a un pequeño apartamento urbano. Llegaban con su voz de río y sus costumbres de selva. Mi hermano y yo, siendo niños, nos sentíamos arrinconados. Debíamos ceder nuestro camarote y dormir en el estudio del padre. Acostumbrados a permanecer en silencio mientras la casa se llenaba del ritmo de la máquina de escribir del padre escritor, cantos y tambores, sancochos y parrandas, apretados en pocos metros cuadrados y un techo muy bajo, nos intimidaban casi hasta el umbral del horror.

 

Toto nos invitó a uno de sus conciertos en el Teatro Colón. Insistió en que fuéramos también los niños. Reservó sillas en primera fila y nos abrazó al vernos llegar. Para mí era un momento más de horror. Cedía la cama, perdía la tranquilidad y ahora debía trasnochar.

 

Fue grande mi asombro cuando Batata tocó el tambor. Sentí en el estomago, en la garganta y en el corazón la presencia de la felicidad. Tan bien conocida por mi, la felicidad aparecía con su inconfundible temblor, su paso de elefante en el corazón, su nudo de grito de alegría trancado en la garganta. La cantaora empezó a cantar y yo sentí el terremoto, el maremoto de alegría profunda, de plenitud, de delirio y algarabía: la indescriptible felicidad abrazándome sin pudor.

 

En un momento del concierto, el viejo Batata dejó el tambor y rodeó a la cantaora con el sombrero en la mano bailando. Mi tío se paró de la silla y gritó “fuerza Batata!”. Yo sentí que podía estallar de la felicidad. Me paré en la silla a brincar sin saber que gritar, qué hurras o vivas correspondían a esta forma de celebración. Los bogotanos abandonaron su acostumbrada flema y el teatro enteró se paró a bailar.

 

Tuve que esperar veinte años para participar en un bullerengue raizal verdadero en casa de los hermanos Suárez en Arboletes. La felicidad había cambiado a mi lado. Su mirada no era la misma. Ahora se parecía a la plenitud. Ella le da la bienvenida al dolor y al llanto. En ella viven la desesperación y la fuerza. En los tambores y los cantos desgarrados de mi primer bullerengue raizal escuché el latido del corazón de los árboles.

 

A mi primer bullerengue me llevó el percusionista bogotano Urián Sarmiento. Después, otros bullerengues los viví con el escritor de canciones Leonardo Gómez. Con mi tío Javier Alonso Burgos, con Urián y con Leonardo converso intentando entender la voz de los truenos, el canto de los árboles. Hablamos de música. Hablando de música creo que hablamos del alma. De nuestra alma parrandera, negra, bullerenguera. Hablamos pues, de la bulla del alma.

 

 

Pablo Burgos, junio de 2012.

Carta a Juan Manuel Roca

Vea Jugando con el ruido en Oficina de correos tv.

 

Bogotá, 1 de mayo de 2012.

 

Querido Juan Manuel,

 

Es probable que esta misiva sufra de una cierta ambigüedad. No parecería posible evitarlo pues a su obvia naturaleza de “carta” (escrito que envía una persona a otra) es necesario agregar la calidad de carta “de navegación”.

Presumo que esta ambigüedad ha de ser inherente al propósito, es decir inherente a la determinación de un poeta de incierta disposición de escribirle una carta a un poeta de vocación indudable.

 

El asunto encuentra su origen en el generoso gesto de tu parte de entregarme, hace ya varios meses, tu en ese momento recién publicado Temporada de estatuas (Colección Palabra de Honor, Visor Poesía, Madrid, 2010). Ese gesto tuvo la virtud de hacerme manifiesto el diálogo secreto que yo con tu poesía sostenía por lo menos desde mi lectura de tu Biblia de pobres (Visor Poesía, Madrid, 2009).

Tu generosidad tuvo la virtud, en suma, de hacerme manifiesto ya no la inmediata resonancia en mí de tus palabras sino la permanencia de esa resonancia. Para usar un símil: ya no el tremendo contacto del badajo con el labio de la campana sino su vuelo.

Quisiera entonces aquí darte razón de la larga e insistente solicitación de ese vuelo.

Tal vez ya habrás notado que en este diálogo hay un tercero: Saint-John Perse. Me ha sido inevitable entender la resonancia de tus palabras, su vuelo, a la manera en que Perse elaboraba su idea de “fulguración de la imagen”: […] Y entonces con el ala extendida, como una Victoria alada que se consume sobre sí misma, amalgamando en su llama la doble sugestión de la vela y de la cuchilla; el pájaro, que ya no es otra cosa que el alma y el desgarro del alma, desciende, como la vibración de una guadaña, para confundirse con el objeto de su cacería. […] La fulguración de la imagen, al acecho y siendo acechada, no es menos vertical en su primer asalto, antes de que establezca, a igual altura, y como lateralmente, o mejor circularmente, su insistente y larga solicitación. […] Entendía yo desde mi lectura de tu Biblia de pobres que el vuelo de tus palabras correspondía a la insistente y larga solicitación de la fulguración de la imagen.

Biblia de pobres establecía así, para mí, una suerte de condición de posibilidad de la imagen poética: la imagen habría de ser como esas campanitas de latón en manos de los leprosos que advierten de su presencia. La imagen como esas campanitas de latón que advierten de la peligrosa, enfermiza, liminar, insostenible y franca presencia de un leproso. La imagen en cuanto peligrosa, enfermiza, liminar, insostenible y franca advertencia de la presencia del mundo.

Las imágenes de tu biblia de pobres me entregaron límpido su modo: “…como la vibración de una guadaña, para confundirse con el objeto de su cacería: la fulguración de la imagen…”. Los labios rotos de una campanita de latón en insistente y larga solicitación.

Después llegó Temporada de estatuas. Yo escuchaba aún el vuelo del latón cuando irrumpió meridiano un repique de hora. “Como una Victoria alada que se consume sobre sí misma” ese vuelo estableció su dominio: niebla cerrada y cambio de guardia.

La campana que advierte de una presencia, aún, y la campana que es movida por el viento infame de una tormenta de mar. La campana, sin embargo, establece su dominio: picar la hora.

No pude quitarme de la cabeza a Pier Paolo Pasolini mientras leía Temporada de estatuas, no pude quitarme, para ser exacto, sus Cenizas de Gramsci. Escribe allí Pasolini: “desteñido / sólo te llega algún golpe de yunque / de los talleres de Testaccio, adormilado // en el crepúsculo: entre cobertizos miserables, desnudos / montones de latas, hierros viejos, donde / cantando vicioso un aprendiz ya cierra // su jornada, mientras alrededor escampa“. Ese desteñido golpe de yunque que Pasolini escucha frente a la tumba de Gramsci me llegaba meridiano en las palabras de tu Temporada. Me llegaba meridiano como un pique de la hora y me entregaba yo a la fe “de un civil silencio de hombres que porfían en ser // hombres“.

Me dije, como lo hizo Aimé Cesaire el día del regreso, “…Volvería a este país que es mío y le diría: Abrázame sin temor. Si tan sólo sé hablar por ti hablaré“.

Vuelvo a mi país natal y por ti, querido Juan Manuel, por las fulguraciones de tus imágenes, no temo su enfermizo abrazo.

 

Recibe mi agradecido saludo,

 

Alejandro Burgos Bernal

La itinerancia de un monumento

1907

 

Era el año de 1907. Un joven político optimista se levantó pensando en la frase que el día anterior le había dicho un escéptico: la independencia benefició sólo a los criollos; a los mestizos, indígenas y afros nos iba mejor con la corona española. Una historia tan reciente es territorio fértil para la polémica. Habían discutido hasta la medianoche. Es un país esquizofrénico, decía el escéptico. Acá queremos ser europeos, en Europa queremos ser indígenas. El joven político en cambio creía en una idea de país posible. Ese país había nacido con el grito de independencia. Trabajó duro ese año para que se firmará una ley que estableciera el centenario de la independencia y su justa celebración. Todavía estaba vigente el recuerdo de la guerra de los mil días y el dolor de un siglo de violencia. Era necesario creer en la posibilidad de un país. Bogotá debía ser el símbolo de un país en la ruta de un proyecto común. Obras públicas, muestras de maquinaria, cinematógrafos y monumentos debían conformar las celebraciones. Las celebraciones debían afirmar el progreso agrícola e industrial del país. Sí era un país que miraba hacia Europa, pero este deseo era legítimo, miraba hacia una idea de progreso incluyente, generadora de trabajo y bienestar para todos.

 

 

1910

 

Hoy es 15 de julio. Empiezo a sentir el viento tibio sobre mis plumas negras, brillantes y definidas; ninguna se mueve, pero no me importa. Mis alas se despliegan enormes sobre este parque y parece que en cualquier momento podría emprender el vuelo; no puedo volar, pero no me importa. Me siento libre, imponente y altivo aquí arriba sobre este obelisco. Veo cosas que nadie puede ver. Allí abajo hay gente que me mira, me señala y me aplaude.

 

Hoy es 31 de julio. Los últimos 17 días han sido muy felices. He visto desfiles militares y procesiones, he escuchado misas solemnes y discursos optimistas. Abajo en el parque hay banquetes, cine y ópera. La gente vive una fiesta. En unos hermosos pabellones se exhibe todo tipo de cosas: jarabes y cosméticos, pelucas y zapatos, muebles y relojes, máquinas para despulpar, para pulir y para aserrar. El señor elegante ha nombrado los pabellones: de Bellas Artes, de la Máquinas, de la Industria y Egipcio; también los quioscos: Japonés, de la Música y de la Luz. Veo una hermosa fuente de agua luminosa y jardines. La ciudad ha estado fría y el tiempo es nublado, pero no me importa. Allí abajo las mujeres usan faldas largas y sombreros, los señores usan trajes y ruanas, también sombrero. Este es un parque hermoso, está a las afueras de la ciudad, vienen familias y muchos niños.

 

Hoy es miércoles. Un copetón sube todas las mañanas a hablarme de cosas que no puedo saber porque, aunque soy un pájaro enorme, no puedo volar. Me dice que su primo cuenta todo: las estrellas, las migas de pan, las casas, las iglesias. Contó 600 manzanas y 16 casas en cada una. Ahora le dio por contar las personas de Bogotá. Le tomó casi una semana pero lo logró: 100.000 personas. Me habló de un sistema eléctrico incandescente para el que aprovechan la fuerza del río Funza o Bogotá, que pasa a unos doce o catorce kilómetros al occidente de la ciudad y se precipita al sur formando la bellísima cascada de Tequendama, que tiene 135 metros de altura y se halla a treinta kilómetros de Bogotá. Quiso contar lo que allá abajo llaman automóviles, eso le tomó más de una semana: sólo uno. Voló y voló por toda la ciudad, y nada, sólo uno. Esto lo dejó triste y agotado. No piensa contar nada más por un buen tiempo. Desde aquí veo toda la sabana y cada tarde gozo de un ocaso admirable, en que al ocultarse el sol tras el macizo de la cordillera por el lado del nevado del Tolima todo cobra un color maravilloso.

 

 

1958

 

Era el año de 1958. Un viejo político octogenario cansado camina por la carrera séptima frente al parque de la independencia. Mira triste cómo desmontan un viejo monumento: el monumento a los héroes ignotos de la independencia. Cincuenta y un años antes había sido él, entonces un joven político optimista, quien había propuesto las celebraciones del centenario de la independencia. Recuerda incluso sus palabras al inaugurar el monumento que ahora cargaban de mala gana sobre un camión: Compatriotas, este es el primer año del resto de la vida de un país posible, naciente, triunfante. Con la juventud se había ido también el optimismo. Veía ahora los bulldozers arrasar el parque. Veía una ciudad hecha de retazos de ideas. Después del bogotazo la violencia, en aparente letargo desde el fin de la guerra de los mil días, se había cernido inclemente sobre el país. La ciudad moderna se imponía sobre la ciudad republicana. No estaba mal la modernidad. Notaba en los jóvenes políticos de ahora el mismo brillo en los ojos que él tuvo. El brillo de los sueños, de las posibilidades. Entendía sus ideas y de alguna manera las compartía. Sin embargo sufría el desprecio por el pasado. En aquel entonces, celebrando los cien años de la independencia, él mismo había insistido en celebrar el pasado y encaminarse hacia el futuro. Sentía ahora que el pasado no se celebraba, quería olvidarse, sepultarse bajo el concreto y el brillo de la ciudad moderna. Quizás sí era esta ciudad moderna una ciudad más incluyente, quizás sí. Pero ya temiendo la cercana hora de su muerte, desconfiaba de los proyectos que negaban el pasado. Pensaba que como los grandes árboles de largas raíces, los proyectos de país debían afianzar su pasado antes de levantar el rostro hacia el futuro.

 

 

1959

 

Hoy no sé qué día es. Sólo sé que es un día triste, uno más. Todo está oscuro. Mis plumas están cubiertas de polvo. No hay gloria ni altivez en mi. Soy un cóndor triste. Después de aquellos esplendorosos 40 años en el Parque de la Independencia he terminado aquí, olvidado en una bodega de algún sitio de Bogotá. Llevo casi un año en este encierro.  Día tras día repaso aquellos tiempos en mi Parque. Vi cómo durante cinco años se construía la Biblioteca Nacional al costado suroriental del Parque, mi Parque. Durante 12 años estuvimos adivinando y apostando con las mirlas y los copetones qué sería aquella construcción circular que se levantaba tan cerca: la Plaza de Toros La Santamaría, dijo finalmente un colibrí que no habíamos visto nunca. Que un tal don Ignacio Sanz de Santamaría había invertido toda su fortuna en esa construcción. Unas mirlas envidiosas no le creyeron y se armó una tremenda pelea, plumas iban y venían. La discusión duró otros doce años.

 

Hace siete años vi levantarse un hermoso hotel llamado Tequendama y también el Centro Internacional. Pero también vi cómo iban desmantelando los hermosos pabellones y se fueron llevando a  varios compañeros que estuvieron muy cerca, en el Parque, durante muchos años. Le dije adiós al bueno de Bolívar y a su caballo, a las extrañas esculturas precolombinas que habían traído de San Agustín y a muchos que llegaron conmigo ese hermoso 15 de julio de 1910. Un amigo del primo de mi amigo copetón iba detrás de ellos para saber a dónde los llevaban: que a la Autopista Norte, que frente al Museo Nacional, que aquí, que acullá. Nada volvió a ser igual. Nunca volverán esos días en que conversábamos hasta muy tarde con el Libertador sobre sus muchas batallas, sus anécdotas, sus amigos, enemigos, amores y dolores. Que van a construir la carrera séptima decía la mirla chismosa. No, que van a construir la carrera décima decía el copetón malhumorado. Apostaron, como es usual entre los pájaros, mucha comida con el rumor de que dividirían el parque en dos, qué cómo se te ocurre, que por qué no. Y construyeron la carrera séptima, la carrera décima, cercenaron nuestro parque y después no supe más. Ya no hablo con nadie y ni copetones ni mirlas llegan hasta acá.

 

1972

 

Un viejísimo político que había resistido las embestidas de las enfermedades y de la desilusión, viajaba en un carro por la avenida de las Américas camino al hospital. Sin saberlo, en pocas horas libraría su último round contra la muerte. Esta vez, a un lustro de ser centenario, la muerte no se dejaría vencer. Ve por la ventana del carro el monumento a los héroes ignotos de la independencia. En el amplio separador verde de la gran avenida se ve insignificante el monumento; la piedra de Bogotá del obelisco, piedra amarilla y resistente, está rucia y opaca; la base tiene manchas de pintura y corazones mal hechos con carboncillos baratos; el cóndor sobre el obelisco está alicaído y roto. Recuerda la construcción de esa gran avenida, inaugurada en 1948, que debía llevar al aeropuerto de la ciudad, el aeropuerto de Techo. En 1948 fue símbolo de los sueños de entonces: la Conferencia Panamericana y la inclusión en las rutas internacionales del progreso. El bogotazo había obligado a un cambio brusco de rumbo. Ahora la avenida de las Américas llevaba a Corabastos y el aeropuerto se había trasladado a la avenida El Dorado, símbolo de la modernidad. ¿Por qué trasladaban incansablemente todos los símbolos de la ciudad? Los símbolos urbanos son símbolos justamente por lo que cuentan del lugar donde están. El monumento a los héroes ignotos de la independencia estaba en el parque de la independencia y contaba sobre las celebraciones de los cien años de la independencia. ¿Qué hacía ahora en la avenida de las Américas? Guardaba silencio. Era difícil entender por qué una avenida de ocho carriles llevaba a Corabastos. Difícil entender la presencia del monumento en esa avenida. Como él mismo, muchos símbolos urbanos guardaban silencio desde hacia muchos años. El silencio taciturno del desconcierto.

 

 

1974

 

Hoy es 28 de julio. Finalmente empecé a importar. El sol calienta mis plumas, pero no estoy en mi Parque. Es una glorieta, un lugar muy alejado. Hablan de una nueva inauguración. Yo ya no se qué pensar, qué creer, qué esperar. Por ahora espero la llegada de otros pájaros que me acompañen y me cuenten qué es este sitio desolado en el que me encuentro.

 

 

1980

 

Un joven político, heredero de las banderas ideológicas de su padre, se sienta sonriente y optimista en el monumento a los héroes ignotos de la independencia, ubicado en la glorieta de la calle 63 con carrera 50. Recuerda a su padre y las veces, muchas, que contó la historia del monumento, de su discurso inaugural, … el primer año del resto de la vida de un país posible, naciente, triunfante…, de las celebraciones del centenario de la independencia y de la forma del Bogotá de entonces. Discutiría muchas veces con su padre. El joven político creía en la necesidad de las metamorfosis de la ciudad, en su inevitable carácter mutante, en la posibilidad de la sociedad de reinventarse, de cambiar de rumbo. Su padre temía el desenfreno de un progreso despiadado, inhumano. Insistía en la necesidad de entender la historia propia. El joven recorría la ciudad y reconocía los pedazos de barrios que sobrevivían agónicos a proyectos urbanos inconclusos. En la universidad europea donde había hecho estudios de posgrado, le habían hablado de los no-lugares. Bogotá tenía muchos de esos no-lugares y veía en ellos la realidad de los temores de su padre. Ideas de ciudad diferentes se sobreponen sin concierto, se demuele, se traslada, se impone, y una casa, un busto, una calle queda de repente desafinada, incompatible, sin pertenencia, sobreviviente pero insignificante. No-lugares, sin historia, sin nombre, sin significado en la historia de la ciudad. Pero él sonreía ahora. Donde aquel pobre cóndor inerte pero viajero veía desolación y campos baldíos, él veía el complejo de parques metropolitano más grande de América: el parque Simón Bolívar, el parque El Salitre, el Jardín Botánico, la Ciudad Universitaria, y veía en un futuro cierto para él una biblioteca metropolitana, un museo para niños, un salón para deportes, conciertos al aire libre. Era una forma también de honrar la idea de su padre de un país posible.

 

 

2011

 

Mucho, mucho sol. Mis plumas todavía brillan, pero ya han pasado más de cien años. No soy el mismo. Tengo amigos y me gusta este sitio al que llegué hace 37 años: la glorieta de la calle 63 con carrera 50. Muchos carros, cientos, miles giran a mi alrededor. El primo de mi amigo copetón se hubiera enloquecido intentando contar los carros. Sin embargo, tengo la impresión de que nadie parece notar que estoy aquí. Quisiera decir que no me importa, pero si me importa.

 

 

Luisa Fernanda López

Pablo Burgos

2011

A propósito de “Son de gaita”

Traer algo a la memoria o a la imaginación, es la definición de “evocar” del diccionario de la RAE. Carlos Carrera, el director mexicano, decía que en el cine importa más lo que no se muestra que lo que se muestra. Que las películas se crean con lo que sucede entre escena y escena. El espacio oscuro, el enigmático fade a negro, que encadena un beso apasionado con una pareja desnuda fumando en la cama. Todos imaginamos, evocamos, lo que sucede entre una cosa y la otra. El director de cine trabaja con lo que nos permite evocar más que con las imágenes.

Durante el rodaje de nuestro documental “Son de gaita” sucedió una escena oculta tras las cortinas del fade a negro, que es como la nada del cine. Como diría Alicia, la nada donde todo es posible.

Después de varios días de parranda gaitera, en los que se bebía, se comía y se bailaba, mientras otros bebíamos, comíamos y grabábamos. Otros, palabra justa para este oficio, detrás de las cámaras y los micrófonos estábamos los otros. Delante de cámaras y micrófonos estaban los mismos. Después de varios días de parranda, temprano en la noche, se acabó la música, se acabó el ron, todos tendimos nuestras hamacas. Las cámaras se apagaron y los micrófonos se desconectaron. Bajo el manto de la oscuridad y en el silencio todos fuimos por una vez los mismos. No podría saber cuántas hamacas se tendieron en la casa, y los árboles que protegían la casa, del maestro gaitero Jesús Saya, de 76 años. Eran muchas.

El silencio era denso, profundo. En casa del maestro Saya sólo había una cama, un catre en realidad. Como bien dice el diccionario de la RAE de catre, cama ligera para una sola persona, que esta noche fue compartida por el maestro Saya y el maestro Antonio García, gaitero de San Jacinto. Era una noche sin viento, sin murmullos. Después de días de tambores y tamboras, parecía que incluso los insectos que habitan la noche estaban durmiendo.

Se escuchaba sólo una conversación en voz baja. Una conversación entre los dos maestros gaiteros, Toño García y Jesús Saya, que compartían un viejo catre. Campesinos, hombres del campo y de la tierra, el maestro Toño le preguntaba a Saya sobre el agua y el aljibe. Saya le explicaba el diámetro de los tubos, la forma como supo dónde había una corriente subterránea. Hablaban sobre la duración del verano. Las señales de la lluvia. La calidad del ñame. Las pestes que asolan al plátano.

Quizás algo de esta vida, la siembra y la lluvia, pueda ser traído a la memoria o a la imaginación de quien ve las imágenes que sí podemos mostrar. Algo del silencio en medio de la bulla. Algo de oscuridad entre el sol y la luna. Algo de la vida y la tierra negra. Parece, una vez más, que es la vida lo que sucede entre escena y escena.

 

Pablo Burgos, marzo 2012.

Oficina de correos TV

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